Natalie Heller Mills tiene seis hijos, vive en un rancho de Idaho, está casada con un vaquero y millones de personas la siguen en Instagram para verla hornear pan, alimentar gallinas y criar a sus hijos. Su vida parece detenida en otra época. Excepto por un pequeño detalle: detrás de cámara hay niñeras, electrodomésticos, productores, dinero y una maquinaria digital que convierte esa supuesta vida sencilla en un negocio. Hasta que una mañana Natalie se despierta y todo eso desaparece. Su casa sigue allí, pero es 1855. No hay electricidad, lavarropas ni ayuda doméstica. Tampoco seguidores. La misma vida que había convertido en contenido ahora debe vivirla de verdad.

Esa es la premisa del libro Yesteryear, la primera novela de Caro Claire Burke, que será llevada al cine con Anne Hathaway como protagonista. Y también es una buena manera de mirar uno de los fenómenos que crecieron en las redes durante los últimos años: las tradwives, mujeres que reivindican una organización familiar tradicional en la que el hombre es proveedor y la mujer permanece en casa dedicada a los hijos y al hogar.

Hay algo seductor en esas imágenes. Cocinas luminosas, vestidos largos, panes que llevan horas de preparación, niños jugando alrededor de una madre que parece tener tiempo para todo. Frente al cansancio, las jornadas interminables y la dificultad para conciliar trabajo y familia, la promesa parece sencilla: quizás la vida era mejor cuando todo estaba más claro.

Pero ¿qué parte de aquel pasado estamos mirando? Durante décadas, muchas mujeres intentaron salir de sus casas porque permanecer allí no era necesariamente una elección. Buscaron educación, trabajo, independencia económica y derechos. Hoy, curiosamente, aquello que para una generación podía significar dependencia puede convertirse para otra en aspiración. Con una diferencia fundamental: la posibilidad de elegir.

Y quizás allí esté el verdadero privilegio.

Una tradwife puede abandonar un trabajo porque antes tuvo la posibilidad de tenerlo. Puede reivindicar la dependencia económica dentro de una sociedad que reconoce su derecho a administrar dinero. Puede decidir quedarse en casa porque también existe, al menos en teoría, la posibilidad de irse.

La mujer de 1855 no tenía esas alternativas. El problema aparece cuando una elección personal comienza a presentarse como una solución universal. Porque detrás de la estética tradwife hay una cuestión bastante menos fotogénica: alguien tiene que cuidar.

En Argentina, las mujeres dedican en promedio 6 horas y 7 minutos diarios al cuidado de otras personas del hogar, frente a 3 horas y 30 minutos de los varones, según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del Indec. Entre las mujeres sin trabajo remunerado, esa dedicación llega a 7 horas y 28 minutos. Una jornada laboral completa que ocurre todos los días y que, en general, nadie paga.

Entonces la conversación deja de ser solamente cultural y se vuelve económica.

Cuando faltan redes de cuidado, licencias suficientes, jardines accesibles o posibilidades reales de conciliar maternidad y trabajo, volver a casa puede empezar a parecer una salida. Y las redes ofrecen una narrativa atractiva para explicarlo: si afuera todo resulta demasiado difícil, quizás la felicidad estaba adentro.

Pero hay una paradoja más. Muchas de las mujeres que promocionan ese regreso al hogar trabajan precisamente mostrando que no trabajan. Filman, editan, negocian contratos, construyen audiencias, venden productos y monetizan su intimidad. La cocina es también un estudio de grabación. La familia, contenido. La nostalgia, un negocio.

Yesteryear lleva esa contradicción al extremo al quitarle a Natalie todo aquello que hacía posible su fantasía. Ella quería la estética del pasado con las comodidades del presente. Cuando desaparecen esas comodidades queda algo mucho menos atractivo: trabajo físico, dependencia y pocas posibilidades de elegir otra vida.

Tal vez por eso la discusión sobre las tradwives no debería reducirse a si está bien o mal que una mujer quiera quedarse en su casa. La libertad también consiste en poder elegir esa vida.

La cuestión es otra: cuánto de aquello que llamamos elección sigue siendo elección cuando las alternativas se vuelven cada vez más difíciles. Porque podemos recuperar las recetas, los vestidos, el pan casero y hasta cierta nostalgia por una vida más lenta. Lo que convendría no romantizar es una época en la que quedarse en casa no era una tendencia. Era, para muchísimas mujeres, la única opción.